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Colombia luego de las elecciones: quién gana y quién pierde

22 jun
3 min de lectura
Fuente de la imagen: Yahoonoticias
Fuente de la imagen: Yahoonoticias


Tras la jornada electoral del domingo 21 de junio de 2026, Colombia eligió a Abelardo de la Espriella como presidente de la República para el período 2026-2030.


Quizás estas han sido unas de las elecciones más reñidas de los últimos treinta años de construcción democrática en el país. Sin embargo, más allá de quién ganó o perdió, vale la pena preguntarnos si, en ocasiones, quien realmente termina debilitada es la democracia cuando convertimos la política en una batalla entre enemigos y no entre ciudadanos con ideas diferentes.


Desde el inicio de la campaña era evidente que existían dos visiones de Colombia. Una realidad que no es nueva. Como en otros momentos de nuestra historia, el país parecía debatirse entre proyectos distintos de nación. Tal vez muchos no sepan quiénes fueron José Eusebio Caro o Mariano Ospina Rodríguez, y quizás allí también radique parte del problema: desconocer nuestra historia nos impide comprender mejor nuestro presente.


Es fácil perder de vista ciertas realidades cuando se ha crecido rodeado de privilegios. A veces olvidamos que para millones de colombianos la historia no ha sido la misma. Hambre, violencia, desplazamiento, desapariciones y pérdidas familiares forman parte de la memoria de muchas regiones del país. No se trata de vivir anclados al pasado, pero tampoco de ignorarlo. El pasado ocurrió y estuvo marcado por la violencia proveniente de distintos sectores, sin excepciones ni simplificaciones.


Abelardo de la Espriella llegó a esta elección prometiendo seguridad, fortalecimiento institucional y crecimiento económico. Su contendor, Iván Cepeda, defendía la continuidad de un proyecto progresista. Por un lado, un abogado penalista conocido por casos de alta visibilidad mediática y con una estrategia de comunicación eficaz; por el otro, un filósofo y senador con más de dos décadas de trayectoria pública, marcado personalmente por la violencia política y reconocido por su capacidad argumentativa.


Pero quizás nunca hubo realmente una batalla entre dos enemigos irreconciliables. No se trata de derecha o izquierda. No se trata de etiquetas como "guerrillero" o "paraco". Mucho menos de romper relaciones familiares o amistades porque alguien piensa diferente.

Si observamos los resultados con detenimiento, encontramos una realidad evidente: existen dos Colombias, y una no excluye a la otra. Ambas son parte del mismo país.

Tal vez faltó profundidad en el debate político. Tal vez no nos detuvimos lo suficiente a comprender las necesidades de quienes piensan distinto. Tal vez una parte importante de la población no se siente representada por ciertos cambios culturales o políticos. Y tal vez, simplemente, debemos aceptar que Colombia sigue siendo una nación compleja, diversa y llena de contradicciones.


Quizás este resultado era inevitable en un país donde las emociones y los sentimientos juegan un papel fundamental en la vida pública. Somos un pueblo alegre, trabajador y resiliente. Gente que siempre encuentra la manera de salir adelante. Pero también somos una sociedad con profundas raíces conservadoras, marcadas por diferencias sociales y culturales. Y una realidad no excluye a la otra.


Lo verdaderamente importante comienza ahora.


Las familias seguirán trabajando. Los empresarios seguirán generando empleo. Los campesinos seguirán cultivando la tierra. Los estudiantes continuarán preparándose para construir su futuro. El Congreso ejercerá su papel de control político. Las cortes mantendrán el equilibrio institucional. Los medios de comunicación seguirán fiscalizando al poder. Y, sobre todo, los ciudadanos seguirán siendo el principal contrapeso de cualquier gobierno.


La democracia no termina el día de las elecciones. La democracia continúa cada día a través de las instituciones, la participación ciudadana, la libertad de expresión y el respeto por las diferencias.


Hoy Colombia tiene un nuevo presidente y corresponde permitirle gobernar dentro del marco constitucional que eligieron los ciudadanos. Habrá aciertos y errores, como ocurre en toda democracia. Pero la fortaleza de una nación no depende únicamente de quien ocupa la Casa de Nariño, sino de la solidez de sus instituciones y de la capacidad de sus ciudadanos para defender sus libertades.


A quienes sienten la brisa del Caribe, a quienes viven entre las montañas andinas, a quienes navegan los ríos del Pacífico o habitan las llanuras del Oriente: este país también les pertenece. Ninguna elección cambia eso.


Las diferencias políticas pasarán. Los gobiernos pasarán. Pero Colombia permanecerá.


Y mientras existan ciudadanos comprometidos con la libertad, la democracia, el respeto y la vida, siempre habrá razones para confiar en el futuro.

 
 
 

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