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Migrar en tiempos de control: ¿qué está cambiando realmente en Europa?

23 sept
5 min de lectura


Hay palabras que cambian de significado dependiendo del momento de nuestra vida.


No sabía cómo iniciar este blog porque durante mucho tiempo la palabra migrante significó una cosa para mí y ahora, teniendo ciudadanía italiana, mi posición administrativa es diferente.


Pero quizá esa diferencia sea precisamente el punto de partida.


Con toda humildad, puedo decir que me interesan profundamente las dos culturas que forman parte de mi historia. A donde vaya, diré lo orgullosa que me siento de ser colombiana y, sobre todo, costeña. (Cuando estoy triste, recuerdo que soy costeña y se me pasa, all joking aside, continuemos)


Pero tampoco puedo negar mi inmensa admiración por las culturas que he conocido, especialmente por la italiana, que hoy también me reconoce jurídicamente como parte de ella.


Más derechos. Más deberes. La misma cara de una moneda.


Y eso me hace pensar en algo ¿Dejas de ser migrante cuando cambia el documento que llevas en el bolsillo?


Mi situación administrativa cambió. Mis derechos cambiaron. Mis deberes también.

Pero la historia que me trajo hasta aquí no desapareció.


Quizás por eso, cuando leo sobre las nuevas políticas migratorias europeas, no puedo evitar mirarlas desde dos lugares al mismo tiempo: desde la persona que alguna vez tuvo que demostrar que podía quedarse y desde la politóloga que quiere entender por qué los gobiernos toman determinadas decisiones.


Porque Europa está cambiando la manera en la que controla sus fronteras. Y la pregunta interesante no es solamente cómo. También es ¿para qué?


Una frontera que ahora también es digital.Hace unos meses empecé a leer sobre el Entry/Exit System, el famoso EES.


Desde el 10 de abril de 2026, el sistema está plenamente operativo en las fronteras exteriores del espacio Schengen. Registra las entradas y salidas de ciudadanos de países no pertenecientes a la Unión Europea que viajan para estancias cortas, sustituyendo progresivamente el tradicional sello del pasaporte por un registro digital. También recoge datos del documento de viaje, huellas dactilares e imagen facial.


La frontera ya no es solamente una persona detrás de un mostrador mirando nuestro pasaporte. También es una base de datos. Una fotografía. Una huella. Una fecha. Un registro de entrada. Un registro de salida.


El objetivo declarado es modernizar la gestión fronteriza, mejorar la identificación de personas que exceden su estancia autorizada y combatir el fraude documental y de identidad.


Y tiene sentido preguntarse qué puede aportar una tecnología así. Pero también hay otra pregunta: ¿Qué significa vivir en una Europa donde cruzar una frontera genera cada vez más datos sobre nosotros? Pero, ¿qué problema estamos intentando resolver?


Una política pública no empieza realmente cuando un gobierno anuncia una medida. Empieza cuando una situación es definida como un problema público y entra en la agenda política.


Y aquí aparece una primera dificultad: ¿cuál es exactamente el problema que estamos intentando resolver?


Porque “la migración” no es un problema único. Como lo he mencionado en anteriores escritos.


Puede hablarse de entradas irregulares, tráfico de personas, asilo, falta de trabajadores, integración, acceso a la educación, explotación laboral, convivencia o retorno.


Son problemas diferentes.


Y si los problemas son diferentes, las soluciones también deberían serlo.


Por eso me interesa mirar políticas aparentemente distintas y ponerlas juntas. El EES intenta responder a problemas de gestión y control de fronteras. El Decreto Flussi organiza canales de entrada regular por motivos laborales. Las políticas educativas intentan responder a cuestiones relacionadas con idioma, integración y concentración de estudiantes. Y las políticas europeas sobre las fronteras exteriores intentan coordinar respuestas entre países que forman parte de un mismo espacio.


No estamos hablando de una sola política migratoria.Estamos hablando de un conjunto de políticas que intentan gestionar diferentes partes del fenómeno migratorio.


Y una política no termina cuando se aprueba, después viene la implementación, después, los resultados. Y finalmente, la evaluación. Porque una política puede tener un objetivo determinado y producir efectos diferentes a los esperados.


Italia necesita controlar. Y también necesita migración.


Hay una aparente contradicción que me parece especialmente interesante en Italia.

Mientras Europa invierte cada vez más en mecanismos para controlar quién entra y quién sale, Italia también está creando canales para que determinados trabajadores extranjeros entren legalmente.


El Decreto Flussi 2026-2028 establece 497.550 entradas de ciudadanos de países terceros por motivos laborales durante esos tres años.


La cuestión, entonces, deja de ser simplemente: ¿Migración sí o no? Y empieza a ser ¿Qué tipo de migración? ¿Por qué canales? ¿Para qué sectores? ¿Con qué derechos? ¿Y qué ocurre después de entrar?


Más control no significa necesariamente menos migración.


Puede significar más control sobre cómo, cuándo y bajo qué condiciones se produce la entrada.


Y si queremos entender hasta qué punto la migración ha dejado de ser exclusivamente un asunto nacional, basta con mirar hacia Ceuta.


En septiembre, la Comisión Europea aprobó para España 114,7 millones de euros de ayuda de emergencia ante la situación en Ceuta, junto con apoyo operativo de Frontex y otras agencias europeas.Ceuta es una ciudad española. Pero también es una frontera exterior de la Unión Europea.


Y ahí aparece otra cuestión fundamental: la migración europea es también un problema de gobernanza multinivel.


España, Italia, La Unión Europea, Frontex, Administraciones locales, Organizaciones sociales.


Cada nivel tiene competencias diferentes, recursos diferentes y, en ocasiones, prioridades diferentes. Todos participan en la construcción de la política.


¿Y qué pasa con los que ya están dentro?


Quizás esta sea la parte que más me interesa, porque cruzar una frontera es solamente el principio. Después hay que vivir, estudiar, trabajar, aprender el idioma, encontrar una casa, crear vínculos.


Y, en algún momento, responder otra vez ¿De dónde eres?


Italia está debatiendo ahora una medida sobre la presencia de estudiantes extranjeros en las aulas. El Gobierno plantea limitar la concentración de determinados alumnos que todavía no dominan suficientemente el italiano y acompañar la medida con recursos para reforzar el aprendizaje del idioma. El argumento oficial es evitar situaciones de concentración escolar que dificultan la integración.


Pero aquí vuelve a aparecer una pregunta clásica de las políticas públicas ¿El instrumento elegido resuelve realmente el problema que se quiere resolver?


Porque una cosa es la ciudadanía y otra la experiencia migratoria.


Una parte importante de los estudiantes con ciudadanía no italiana ha nacido en Italia.

Entonces, ¿estamos hablando de inmigración? ¿De idioma? ¿De integración? ¿De desigualdad territorial? ¿De capacidad de las escuelas?


Probablemente de varias cosas a la vez, y ahí es donde una política necesita algo más que una cifra.


Necesita diagnóstico, diseño, implementación y evaluación.


Entonces, ¿qué significa pertenecer? ¿Qué hace que una persona pertenezca? ¿Un pasaporte? ¿Una ciudadanía? ¿Hablar el idioma? ¿Haber nacido allí? ¿Tener una casa? ¿Pagar impuestos? ¿Tener recuerdos? ¿Sentirse parte de una sociedad?


Hoy, jurídicamente, mi respuesta es distinta a la de hace algunos años.


Tengo ciudadanía italiana.


Pero eso no borró mi historia colombiana.


No borró mis cinco años en Madrid.


No borró las veces que tuve que explicar de dónde venía.


Ni mis recuerdos.


Ni esa sensación tan particular de poder mirar dos países y pensar: una parte de mí está aquí y otra también.


La política puede definir quién eres jurídicamente.


Puede decidir qué derechos tienes, qué documentos necesitas, cuánto tiempo puedes quedarte y por dónde puedes entrar.


Pero no siempre puedes decidir a dónde sientes que perteneces.


Quizás por eso, cuando pienso en el futuro de la política migratoria europea, la pregunta que me queda no es solamente quién entra o quién sale.


Es qué hacemos con las personas después de cruzar la frontera.


Porque si cada vez sabemos más sobre quién entra, quién sale y cuánto tiempo permanece alguien dentro de nuestras fronteras…


¿Estamos aprendiendo también a entender mejor a las personas que las cruzan?

 
 
 

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