Cómo habitar políticamente una ciudad nueva
- Laura Isabella Meza cala
- 2 feb
- 2 Min. de lectura
No sabía exactamente qué iba a encontrar cuando salí de casa.
Sabía que había una manifestación, sabía que tenía que ver con Askatasuna, pero poco más. Y aun así, ahí estaba yo, caminando por Torino, cruzándome con grupos de personas que avanzaban en la misma dirección, muchas con cervezas en la mano, otras con banderas o pancartas, o simplemente con curiosidad.
Era mi primera manifestación en la ciudad desde que llegué. Y quizás por eso miraba todo con una mezcla de distancia y atención, tratando de entender qué realmente estaba pasando.
Pronto me di cuenta de que no era una marcha “solo” por un centro social. Askatasuna era el punto de partida, pero no el único motivo. A mi alrededor aparecían consignas contra el ICE, banderas No Tav, símbolos pro Palestina. Causas distintas, historias distintas, reunidas en un mismo espacio. No todos estaban allí por lo mismo, pero todos parecían compartir una incomodidad común.
Askatasuna, al final, funcionaba más como símbolo que como explicación. El cierre del centro social condensó muchas otras rabias: contra el Estado, contra la policía, contra un modelo político que deja poco espacio a los matices. Para algunos, era una defensa legítima del desacuerdo, para otros, una escena más de desorden urbano. Esa tensión se sentía en el aire.
A medida que la marcha avanzaba, empecé a notar algo más. No solo quiénes protestaban, sino cómo estaba organizada la ciudad para recibir la protesta.
La policía ya estaba lista, distribuida, esperando. No parecía improvisación. Y al final de la fila, casi como un cierre silencioso, venían los servicios de limpieza, preparados para borrar lo que quedara en el asfalto. Fue imposible no pensarlo como una escena ensayada: conflicto, control y limpieza.
Hacia el final hubo violencia. Gritos, golpes, tensión. No la justifico, venga de donde venga. No creo que responder con la misma lógica ayude a resolver nada. Pero tampoco creo que ese momento pueda leerse aislado de todo lo anterior: de la acumulación de causas, de la sensación de no ser escuchados, de una política que parece dejar cada vez menos espacio al diálogo.
Mientras volvía a casa, pensaba en Torino como ciudad política. En cómo aquí la protesta convive con la vida cotidiana casi sin pedir permiso. Gente que marcha, gente que observa desde sus balcones, gente que sigue con su día como si nada. Y en medio de todo eso, una sensación persistente: en Italia parece que la política se juega cada vez más en los extremos.
O se está completamente dentro o completamente fuera. O se defiende el orden o se resiste frontalmente. Hay poco espacio para la ambigüedad, para la duda, para el “no sé todavía”. Y quizás por eso estas manifestaciones se vuelven tan densas, tan cargadas de significados que van mucho más allá del motivo inicial.
Volví a casa sin respuestas claras, pero con una certeza: lo que vi hoy no fue solo una protesta. Fue una postal de cómo se vive la política en esta ciudad. Fragmentada, intensa, ruidosa, a veces contradictoria. Y también fue, para mí, una primera forma de habitarla.
¿Cómo se aprende a habitar políticamente una ciudad cuando una llega sin custodia, pero con muchas preguntas?



Hija, me llena de orgullo. Tu forma de mirar es consciente y valiente: observas sin juzgar y te permites dudar. Habitar una ciudad así, con preguntas y sensibilidad, también es una forma honesta de pertenecer. No estás sin custodia: llevas contigo tu ética y tu humanidad.
Leerte es ver cómo piensas y sientes el mundo con profundidad. Habitar políticamente una ciudad también es esto: observar, cuestionar y no traicionarse. Tus preguntas hablan de conciencia y eso ya es un hogar.