Entre las dos Italias
- Laura Isabella Meza cala
- 1 oct 2025
- 3 Min. de lectura

En italiano existen dos formas de hablar del olvido: dimenticare, que es sacar de la mente, y scordare, que es sacar del corazón. Fascinante, ¿no? Porque cuando migramos, pareciera que tenemos que dominar ambas: olvidar con la cabeza para sobrevivir, y decidir qué guardamos en el corazón para no desaparecer.
Cuando pienso en mi tiempo en Italia, inevitablemente aparece mi abuela. Su padre, en un gesto entre poético y simbólico, le puso Italia por nombre. Ironías de la vida: ella fue Italia antes de que yo la habitara.
Hace un tiempo escribí sobre mi bisabuelo, que dejó este país para buscar futuro en Colombia. Y ahora soy yo quien, en una especie de círculo histórico, regresa al lugar que él abandonó. ¿Destino? ¿Coincidencia? O simplemente la prueba de que las historias migratorias rara vez empiezan y terminan en una sola generación.
Quise saber qué había significado Italia para mi padre y mis tíos. Sus respuestas fueron un mosaico: valiente, amorosa, adelantada a su época, elegante, hospitalaria. Yo, en cambio, la recuerdo poco: su voz, su canto, su olor a casa. Y esa frase que me repetía cuando intentaba levantarme de su lado: quédate conmigo, conmigo.
A veces pienso que emigrar es justamente eso: decirle que sí a ese pedido. Me voy, pero de alguna forma, también me quedo.
Mi llegada a Italia, debo decirlo, fue todo menos cinematográfica.
Ni Roma, ni Vespa, ni pasta carbonara bajo el sol del Trastevere.
La mía fue una Italia de pueblo pequeño, lleno de migrantes: marroquíes, albaneses, africanos, y nosotras, mi prima y yo, dos colombianas.
Con mi prima, iniciamos aprender apenas un par de palabras en italiano mientras nos sentábamos en las clases de la comuna del pueblo vecino.
Pronto descubrí que la burocracia aquí tiene un peso propio, casi físico. Pedir un documento puede ser como correr una maratón. Lo que debería ser sencillo, se convierte en un muro. Y la vida cotidiana, especialmente fuera de las grandes ciudades, se organiza con costumbres más conservadoras, más rígidas, menos abiertas a lo distinto.
Pero si algo marcó mi llegada no fue solo la burocracia, sino el reto de aprender a empezar de cero cada día. Formularios incomprensibles, frases torpes en italiano, y la sensación de que hasta comprar un boleto de bus podía transformarse en odisea.
Por suerte, no estaba sola en esta aventura.
Sandra, mi prima, estuvo ahí: tomando clases conmigo, riéndose cuando confundimos palabras, acompañándome en silencios que poco a poco se volvieron cómplices. Su compañía fue un recordatorio de que incluso en los lugares más desconocidos, alguien cercano puede volver el camino menos áspero.
Y entonces me pregunté: ¿la migración es un simple viaje geográfico… o es, en realidad, un ejercicio constante de memoria y de olvido?
Haber migrado a mis veintes me regaló una perspectiva distinta. Aprendí que se puede pertenecer a varios lugares al mismo tiempo, pero que no todos contamos con las mismas herramientas para abrirnos paso. Que no todos los papeles valen lo mismo. Que el derecho a construir futuro, más que un derecho universal, sigue siendo un privilegio.
Italia, el país, se me reveló con dureza y con belleza. Como mi abuela, Italia, la mujer: firme y amorosa a la vez. Entre las dos encontré lecciones que ningún libro o clase universitaria me habría dado: la hospitalidad, la elegancia de lo sencillo, la fuerza de ser genuina en tiempos hostiles.
Al final, me quedo con esta imagen: dos Italias que me sostienen. Una abuela que dejó un legado de amor y fortaleza, y un país que me confronta con sus burocracias, pero también me regala paisajes, encuentros y memoria.
Migrar, supongo, es aprender a habitar ambas: la Italia del corazón y la Italia de la mente. Y aunque con el tiempo pueda dimenticare algunos detalles, sé que jamás podré scordare lo que realmente importa.
Dedico este post a toda mi familia y a la alegría de celebrar mi primer año en Italia.


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